El Mozote | “Al volver a enterrarlos, es como si volvieran a morir”: la devolución de los restos de las víctimas de la mayor masacre del siglo XX en América Latina
Los familiares de diez de las víctimas de la masacre de El Mozote en El Salvador pudieron cerrar por fin una de las partes más dolorosas de la terrible tragedia que les tocó sufrir.

Los familiares de diez de las víctimas de la masacre de El Mozote en El Salvador pudieron cerrar por fin una de las partes más dolorosas de la terrible tragedia que les tocó sufrir.
El pasado miércoles, les fueron entregados los restos de sus parientes que habían sido exhumados hace más de tres años para ser sometidos a pruebas de ADN como parte del proceso penal contra un grupo de militares señalados por su vinculación con el caso, considerado la mayor masacre del siglo XX en toda América Latina,
Para Fidel Pérez, quien con solo 6 años sobrevivió a aquella matanza en la que murieron su madre y hermana recién nacida, recuperar sus restos y poder darles sepultura supone al menos un respiro en su periplo por conseguir justicia que se alarga ya por más de 40 años.
Los avances están siendo lentos y critican que el apoyo de los distintos gobiernos ha sido nulo. A día de hoy, sigue sin haber ni una sola persona condenada por lo ocurrido.
Pese a ello, lejos de rendirse, Pérez asegura que continuará luchando hasta conseguir que los responsables sean castigados y se sepa la verdad sobre uno de los capítulos más oscuros y terribles de la historia del país centroamericano.
Esta es su historia.
Nosotros éramos una familia muy pobre, muy humilde pero muy unida. Vivíamos en (la localidad de) caserío de Flor del Muerto. Mis papás vivían de las artesanías y de la agricultura, y así nos mantenían a dos hermanos y a mí.
Al principio de la guerra no entendíamos qué sucedía, pero después comprendimos que los militares aseguraban que, del río para acá, éramos todos guerrilleros.
Creían que todo niño que nacía o joven que iba creciendo era un futuro guerrillero. Entonces, en vista de eso, iban matando a todos por donde vivíamos.
Ya en 1980 nos mataron a un abuelo y tuvimos que salir de nuestras casas. Pero entre el 6 y 7 de diciembre, entró a nuestra zona el operativo militar llamado “Tierra Arrasada” porque acababan con todo: tierras, animales, personas…
Empezamos a ir de un lado a otro, escondiéndonos en cuevas, sin agua, sin comer, sin nada que calzar… Caminábamos en las noches porque el operativo estaba dispuesto en todos los cerros y nos podían descubrir.
El día 9, mi mamá que estaba embarazada tuvo a su niña en el monte, porque no había dónde. Un día después, no podíamos caminar porque ella apenas se podía mover. Pero el 11 nos tocó huir como pudimos porque el operativo se acercaba.
En ese viaje éramos un grupo grande, como de 50 o 60 personas. Los adultos mayores conocían bien la zona y nos iban guiando.
Llegamos a una casa, pero de madrugada llegaron también los soldados y fue una “disparazón”. Eso tronaba, daba temor. Cuando dejaron de disparar durante un momento, escapamos. La ventaja era que la luna estaba clara y podíamos ver por dónde íbamos.
Ahí muchas familias se separaron porque cada uno corrió para donde pudo. Nosotros perdimos a la abuela, que fue para otro lado. Mis hermanos y mis papás corrimos y cruzamos el río mientras ellos seguían disparando.
La masacre en la cueva
Unos 100 metros más arriba nos quedamos, porque ya venía el día y los soldados estaban en un cerro frente a nosotros. Ahí hicimos un grupo de unas 20 personas y nos refugiamos en una cueva del Cerro Ortiz.
En la mañana, una mujer decidió bajar al río para lavar la ropa, y ahí se encontró a los soldados. Corrió para arriba y llorando nos dijo: “hoy sí nos van a matar”.
Un catequista que estaba con nosotros nos pidió que nos acercáramos para empezar a orar. Solo logró sacar la Biblia cuando un soldado apareció, sacó la granada que andaba en el pecho, y la tiró hacia nosotros.
Ahí fue un sueño para nosotros, nos quedamos como dormidos de golpe, es lo que recuerdo. Como a las 6:00 de la tarde, mi papá nos hablaba y nos decía que nos levantáramos. Pero estábamos rodeados de toda la gente que había muerto.
Me levanté, tenía sangre en la cara. Quedé herido de mi ojo, cabeza y brazo. Mi papá no escuchaba apenas y uno de mis hermanos tenía zumbidos en los oídos. Y entonces vi que mi mamá y la niña también habían muerto. Yo no tenía ni 7 años.
Yo no sabía qué hacer. Mi papá nos dijo que teníamos que irnos antes de que volvieran y nos mataran. Nos dijo que nos despidiéramos de nuestra mamá y nuestra hermana. Eso fue muy triste.
Me resulta tremendo recordar cómo estaban, cómo habían quedado las dos. Por muchos años que pasen, no se puede olvidar.
Ahora tengo 47 años y, pese a todo el tiempo que ha pasado, su imagen es el peor recuerdo que tengo de todo lo que viví. Especialmente el de la niña, con solo unos días de haber nacido.
Aunque me muera, nunca me voy a quitar esa imagen de mi mente y de mi corazón, vaya donde vaya. Eso es lo que más me impactó.
Junto a mis dos hermanos, mi papá y yo, sobrevivieron otras dos personas del grupo. Salimos y escapamos.
A los ocho días, aún bajo fuego y con el operativo en la zona, mi papá y otros hombres regresaron a la cueva. Así como estaban los cuerpos tras tantos días, como pudieron y aguantaron, le echaron tierra para cubrirlos.
Allí quedaron todos los restos desde aquel 11 de diciembre de 1981 que fueron muertos.
Unos meses después, nosotros salimos para Honduras. No fue hasta 1989 que regresamos a El Salvador.
Mis hermanos están fuera del país y el resto ya murió. Soy la única persona que puede dar fe en El Salvador de lo que pasó en aquella cueva.
La recuperación de los restos
Años más tarde, en 1994, los restos mortales fueron extraídos de la cueva y los trajimos al cementerio, como se merecen.
Los restos fueron exhumados en noviembre de 2019. Nos dijeron que nos los entregarían en seis meses o un año, pero no fue así. Cada año esperábamos enterrarlos en las conmemoraciones anuales de lo que ocurrió, pero tuvimos que esperar demasiado.
Por fin, tras tres días esperando en Medicina Legal, el miércoles pasado nos entregaron los restos de nuestros familiares, nuestras osamentas. Entre ellas, estaban las de mi mamá.
Regresamos a nuestra comunidad de Yancolo y teníamos que velarlos una noche, porque no se podía venir y hacer directamente la sepultura. Son seres humanos como nosotros y merecían una noche de velación. Así lo decidimos los familiares y fueron enterrados el jueves.
Se hizo la conmemoración en presencia de diez ataúdes. También había una cajita que hicimos de simbología por mi hermanita, porque de ella no apareció ningún resto.
Yo estaba esperando este momento con dos sentimientos muy diferentes. Por un lado, el anhelo de que me entregaran los restos, pero a la vez, me preguntaba ¿qué voy a hacer después de que me los den?
Lo que sí tengo claro es que cuando llegué a la casa con los restos, sentí que estaban ahí, que llevaban años conviviendo conmigo.
Pero ahora mismo no me siento bien. Al volver a enterrarlos de nuevo, es como que volvieron a morir de algún modo. Siempre viven conmigo y siempre lo harán.




